El arquitecto que se atrevió a innovar en una ciudad patrimonio
- Por: Rocío Lazo
Hoy, con una trayectoria consolidada, conversa con nosotros sobre sus inicios, su evolución artística influenciada por el mudéjar y cómo ha logrado transformar la arquitectura de Antigua sin perder el carácter colonial.
¿Cómo es que un perito contador termina rindiéndose ante la arquitectura?
Siempre me gustó experimentar con los espacios. Recuerdo que mis papás sacaban refrigeradoras o estufas de sus cajas para exhibirlas en su tienda y yo corría a la bodega a usarlas. Abría puertas, ventanas, unía cajas; me encantaba crear espacios donde pudiera experimentar sensaciones. Eso remató en la secundaria gracias a don Lorenzo Chang, un profesor de artes plásticas buenísimo que daba una sección de su clase totalmente enfocada en arquitectura; nos enseñaba perspectivas y elevaciones. Como mi familia venía de una trayectoria comercial, me desvié un poco y estudié contabilidad para hacer el camino corto. Luego me tocaba ser administrador de empresas, pero cuando terminé el colegio no sentí la presión de ser el sucesor de la empresa familiar. Dije: «Voy a hacer lo que me apasiona», busqué facultades en Guatemala y así entré a la carrera.
En otra edición entrevistamos a su colega, Patty Arenas y su nombre resonaba en la conversación. Siendo compañeros en la universidad, trabajaron juntos, ¿cierto?
¡Sí! Un año antes de graduarme, abrimos un despacho de arquitectura. Nos atrevimos a lanzarnos al agua a atender clientes, hicimos casas, remodelaciones, proyectos comerciales y eso nos quitó el miedo de independizarnos. Éramos un gran equipo de tres: un compañero buenísimo para la parte numérica, estructural y de organización; Patty que era extraordinaria para las relaciones con los clientes; y yo. Realizamos muchos proyectos antes de graduarnos, así que al salir ya contábamos con cierta experiencia. Sin embargo, tuvimos que separar caminos porque mi familia me llamó de vuelta a Antigua; querían que hiciera un proyecto allá.
¿Y cómo fue ese regreso a casa ya como profesional?
Mi primer proyecto formal en Antigua fue familiar. Yo tenía una carpintería en ese entonces, vendía muebles con mis propios carpinteros y mis papás me sugirieron diseñar una casa que funcionara como sala de ventas para los muebles. Para mí esa casa representaba una página en blanco. Pude diseñar lo que quise porque el terreno no tenía vestigios antiguos preexistentes. Al final, la casa no se convirtió en sala de ventas, pero me cambió la vida. Decidí dejar la carpintería para dedicarme de lleno a la arquitectura porque, estando en las etapas finales de la construcción, entraron a verla unos estadounidenses. Les encantó. Me preguntaron si quería ser su arquitecto y me contrataron.
Ese fue el inicio de un nicho muy importante para usted.
Totalmente. Empecé a trabajar mucho con extranjeros. Había un nicho abierto en Antigua porque el idioma era una barrera para otros colegas en esa época. Estos primeros clientes me recomendaron con sus amigos, y luego el arquitecto Charles Farrington me tomó bajo su ala; me patrocinaba y me pasaba los clientes que él ya no quería o no podía atender y aproveché para fortalecer mi marca personal y forjar una trayectoria sólida.
Antigua es conocida por sus estrictas reglas de conservación. ¿Cómo ha evolucionado su estilo dentro de ese marco?
Al principio, los clientes extranjeros buscaban una arquitectura muy tradicional: patios centrales con corredores o patios laterales, muy apegados a la tradición colonial. Con el tiempo empecé a incorporar otros elementos buscando ser disruptivo, aunque en Antigua, como tú dices, no te puedes salir mucho del marco. Agradezco mucho a la ciudad porque ha sido mi campo de trabajo, pero las incorporaciones al principio eran solo estilísticas. Me puse a investigar la herencia mudéjar que llegó a Latinoamérica desde el sur de España. Comencé a notar esa influencia árabe en las edificaciones de Antigua y en algunas iglesias del altiplano, y decidí incorporarla a través de diferentes elementos como arcos, techos artesonados con ciertos detalles. Ahora viéndolo en retrospectiva, considero que fue una fase de transiciones estéticas que me llevaron a personalizar mi obra.
En todo este proceso entiendo que también hubo una transición importante cuando hablamos de confort.
Exacto. Me di cuenta de que las casas antigüeñas tradicionales tenían una desventaja: los corredores, jardines y fuentes son hermosos, pero las habitaciones suelen ser cerradas, húmedas y con ventanas pequeñas. La luz entra a través del corredor, el cual funciona como una visera muy larga que tapa el sol directo, generando una sensación de encierro. Al final, la gente terminaba viviendo en el corredor; allí atendían visitas y allí comían, porque los ambientes interiores no eran cómodos ni agradables.
Por eso empezamos a abrir las casas. Ahora, importante tomar en cuenta que lo hacemos en áreas de nuevo desarrollo o predios vacíos donde no hay vestigios históricos, donde el Consejo nos permite ciertas libertades y donde la conservación estricta no se ve afectada. Hoy en día la transformación de mi arquitectura es esa: casas abiertas, iluminadas y comunicadas entre el interior y el exterior. Definiría mi estilo como colonial contemporáneo.
¿Qué elementos tradicionales rescata en este concepto «colonial contemporáneo» y qué materiales predominan ahora en los interiores?
Seguimos utilizando las bóvedas de ladrillo, los artesonados de madera, los corredores y las chimeneas de cocina piramidales con linternilla arriba, pero integrados a ambientes abiertos. Cuando le pregunto a un cliente si quiere algo tradicional o moderno, siempre me piden la combinación. En el interiorismo, mantenemos la materialidad tradicional: muros de piedra con cintas de ladrillo expuestas, imitando la mampostería antigua. Curiosamente, si le quitaras el estuco a los grandes monumentos en ruinas o conventos de Antigua, encontrarías exactamente esos materiales debajo, pero en aquella época la tradición exigía ocultarlos; nosotros ahora los dejamos expuestos. En cuanto a acabados, la tendencia ya cambió. La gente ya se apartó de los acabados tipo wash, craquelados o colores pastel; ahora prefieren colores sólidos en tonos tierra que combinan perfectamente con la madera, la piedra y el ladrillo.
Hablemos de Franklin fuera del despacho. Sé que es un ciclista apasionado y un viajero empedernido. ¿Cómo alimentan estas facetas su proceso creativo?
Me gusta mucho el ejercicio. Uso una bicicleta de montaña E-bike porque me da el chance de hacer recorridos más largos, complicados y explorar más, usando la asistencia del motor solo cuando es realmente necesario. Por otro lado, los viajes son vitales para mí. De hecho, molesto mucho a mi familia diciéndoles que los viajes me nutren muchísimo y que si yo no viajara, no podría seguir enriqueciendo mis conceptos. Me encanta ir a ciudades históricas en otros países; hay muchísimas cosas que uno puede captar a nivel visual y conceptual para luego regresar a Antigua, inspirarse y seguir creando.
¿Cómo dialogan todos esos viajes y experiencias con su lenguaje arquitectónico al volver a su estudio?
Cuando uno pasa toda su vida proyectando en un entorno tan normado y estricto como Antigua, corre el riesgo de quedarse sin ideas, de volverse endogámico y repetir siempre lo mismo. El viaje me rompe esa inercia, me abre la mente y me permite ver cómo otras culturas y otras épocas resolvieron problemas de espacio, de luz o de convivencia. Si yo me quedara encerrado aquí, mi creatividad se secaría. Necesito esa dosis de mundo para mantener fresca la mirada.
Después de tantos años de trayectoria equilibrando toda esa riqueza histórica y cultural con tantas experiencias en el extranjero, ¿cuál diría que ha sido su mayor aporte a la ciudad de Antigua?
Que la arquitectura, al igual que la vida o un recorrido en bicicleta, nunca es estática; siempre exige adaptabilidad. El mayor aprendizaje ha sido entender que respetar la tradición de un lugar como Antigua no significa congelarla en el tiempo ni condenar a la gente a vivir en la oscuridad. El verdadero respeto a la historia radica en comprender sus materiales nobles y usarlos para crear espacios que respondan a cómo vivimos hoy: abiertos, iluminados y llenos de vida. Considero que la arquitectura en Antigua debe ser impecable hacia la calle para honrar el patrimonio, pero hacia adentro tiene que ser un espacio vivo, abierto y diseñado para el bienestar de quienes lo habitan.





